Rutina

Creo que una vez la vi.

Un día de otoño, donde los fresnos se despedían de sus últimas hojas. Esas hojas que son las más fuertes y perseverantes, esas que luchan hasta la última intancia, esas que a pesar de conocer su inevitable destino lo hacen a un lado para seguir su camino.
Era un domingo gris, gris a pesar de no haber una sola nube estorbando al sol. Yo venía de no recuerdo donde y no sabía ni a donde iba. Sólo caminaba tarareando algún tema o pensando en qué decirle cuando la vea. Cómo reaccionar, tal vez haciéndome el indiferente pensaría que soy un hombre misterioso, y eso sería bueno o malo? Tal vez le regalaría una sonrisa para que pensara que soy alguien simpático, o tal vez pensaría que estoy loco. A lo mejor pasar con la frente bien en alto y el mentón más arriba aún, le haría creer que soy un triunfador, un superado. Pensé en tantas formas de engañarla y enamorarla.
Seguía mi camino y cada vez me sentía más cerca, sentía que ESE era mi día, que por fin la vería. Crucé la calle para pasar por la plaza, que es donde debería estar si es Ella realmente. Me sentía muy confiado, empecé a imaginarme cómo me cambiaría la vida, cuántas cosas nuevas pasarían. La había visto por última vez durante una siesta a las 4 de la tarde, estaba tan linda.
Ya sólo quedaba una cuadra, mi corazón empezó a palpitar cada vez más rápido, comencé a repasar cómo me comportaría en ese momento, cómo caminaría, qué haría con mis brazos, mis
manos, todo.
Llegué. Estoy en la esquina de la plaza. Por aquí no está, sigo caminando mirando disimuladamente en todas direcciones buscándola. Ya hice media cuadra y aún no aparece, empiezo a bajar el ritmo. Llego a la otra esquina y nada. Me paro y miro hacia la plaza. No está, Ella no está.
Bajo la cabeza, vuelvo a mirar el piso, mi corazón se desacelera, mi leve sonrisa desaparece, mi esperanza se convierte en desengaño, vuelvo a ser yo.
No lo puedo creer, volvió a suceder.

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