El Diecinueve



Estaba empezando a oscurecer la tarde en qe al bajar por Motor Avenue vi al viejo caminando del otro lado de la calle, recogiendo pelotas de golf perdidas. Frené tan de repente qe casi choqé con el para brisas. Dejé el coche en medio de la calle durante otros diez segundos (no habia coches detrás de mi) y después, despacio, di marcha atrás (seguia sin haber coches), hasta qe pude mirar hacia la zanja al lado de la alambrada del campo de golf y ver al viejo inclinado para recoger otra pelota y meterla en un peqeño cubo qe llevaba en la mano.
No, pensé.Si, pensé.No

Pero viré bruscamente y estacioné el coche y me qedé un momento tratando de decidir qe hacer, con misteriosas lágrimas en los ojos sin motivo aparente, y al fin bajé y cuando el tráfico me lo permitió atravesé la calle y fui directo hacia el sur por la zanja mientras el viejo iba hacia el norte. Finalmente nos encontramos cara a cara a unos cincuenta pasos del sitio por donde yo habia entrado.
- Hola -dijo el viejo en voz baja, inclinando la cabeza.
- Hola -dije.
- Bonita noche -dijo el viejo, mirando el cespéd y después el cubo casi lleno de pelotas de golf.
- ¿Encuentra muchas? -dije.-
-Ya ve.Levantó el cubo.
- Muy bien -dije-.
-¿puedo ayudarlo?
-¿Qué? -dijo el viejo perplejo-.
-¿A buscar más? No.
- No me molesta -dije-. Oscurecera en cinco minutos.Tendremos qe encontrar esas cosas antes de que sea demasiado tarde.
- Es cierto -dijo el viejo observándome con curiosidad-.
-¿Por qué quiere hacerlo?
-Mi padre solia venir aquí hace años -dije-. Siempre encontraba algo. Ganaba poco y a veces vendia las pelotas para conseguir algo mas de dinero.
-Yo también las venderé -dijo el viejo-. vengo un par de veces por semana. La semana pasada vendí tantas qe pude invitar a mi mujer a cenar.
-Lo sé.
- ¿Qué?
-Vamos -dije-. Pongámosnos en movimiento. Allí hay una. Y otra junto a la alambrada. Traeré la qe está allá abajo. Bajé la recogí, subí y me qede con ella en la mano, mientras el viejo me estudiaba la cara.
-¿Por qué llora? -dijo.
-¿Estoy llorando? -dije-. Mire eso. Deben ser flores silvestres. Soy alérgico.
-¿Lo conozco yo a usted? -dijo el hombre de repente.
-Quizás. Le dije mi nombre.
-Caramba.-El hombre soltó una suave carcajada-.
-Yo tengo el mismo apellido. No creo qe seamos parientes.
-Yo tampoco -dije.-Porque si lo fueramos me acordaria. Quiero decir, si fuéramos parientes. O si nos hubieramos visto antes.
Dios mío, pensé, así qe es esto. Una cosa es el alzheimer. Otra, irse para siempre. En los dos casos se olvida. Supongo qe una vez qe has muerto no necesitas la memoria. El viejo me miró mientras yo pensaba. Lo incomodaba. Me quitó la pelota qe tenía en la mano y la puso en el cubo.
-Gracias -dijo.
-Allí hay otra -dije, y baje por la pendiente y volví con ella secándome las lágrimas.
-Sigue viniendo a menudo -dije.
-¿Sigo? ¿Por qué no? dijo.
-Ah sólo era una suposicion -dije-. si alguna vez, porque sí, yo quisiera venir de nuevo a recoger y usted estuviera aquí, todo seria mucho más rápido.
-No le quepa la menor duda -dijo el viejo.Volvió a estudiar mi rostro.
-Qué curioso. Tuve una vez un hijo. Un chico guapo. Pero se fué. Nunca pude saber a donde se marchó.
Yo lo sé, pensé. Pero no se fue; quien se fué eres TÚ. Así tiene qe ser: cuando te estás despidiendo, la gente parece alejarse, pero en realidad eres tú quien se está retirando, apagando, desapareciendo. Ahora el sol se habia puesto y caminábamos en la penumbra alumbrada sólo por una farola del otro lado de la calle. Vi una última pelota de golf unos pocos metros a la izquierda del hombre y se la indiqué con la cabeza. El hombre fue y la recogió.
-Bueno, supongo qe ya no habrá más dijo. Me miró a la cara-.
-¿y ahora? -pregunto. Pensé con rapidez. Mirando hacia adelante.
Dije:-¿No hay en todo campo de golf un hoyo diecinueve? El hombre miró hacia la oscuridad.
-Sí claro que sí. Tiene que haber uno por allí.
-¿Puedo invitarlo a tomar un trago? -dije.
-Gracias -dijo el viejo, con los ojos nublados por la duda-. Pero creo qe...
-Uno solo, lo alenté.
-Es tarde -dijo. -
Tengo qe irme.
-¿Adónde?Esa era una mala pregunta.
Los ojos se le nublaron aún más. Tenía qe buscar una respuesta aunqe fuera endeleble.
-Bueno -dijo-. La verdad...-añadió-. Creo...
-No, no me diga. No me gusta ser entrometido.
-Está bien. Bueno. Tengo qe marcharme.Tendió la mano para estrechar la mía y de repente la apretó con fuerza y la retuvo, mirandome a los ojos.
-Nos conocemos -exclamó- ¿verdad?.
-Sí -dije.
-Pero ¿de donde? ¿desde hace cuanto tiempo? -dijo el viejo.
-Mucho -dije. No me soltaba la mano. La apretaba como si temiera caerse.
-¿cúal dijo qe era su apellido?
Se lo dije.
-Curioso -comentó, y bajó la voz-. Es también mi apellido. Vaya. Nos encontramos asi. Y tenemos el mismo apellido.
-Así son las cosas -dije.
Traté de desasirme pero no pude. Cuando por fin logré soltarme alargué de inmediato la mano y apreté la suya con la misma fuerza.
-La próxima vez -dije-, ¿nos encontramos en el hoyo diecinueve?
-En el diecinueve -dijo el viejo-. ¿volverá aquí?
-Sí, ahora qe sé dónde está usted. Alguna noche. Es un buen sitio para caminar y para buscar pelotas.
-No hay muchos tontos como yo. -El viejo miró al vacio sendero de hierba qe había detrás-. Uno se siente muy solo.
-Trataré de venir con mas frecuencia -dije.
-Lo dice por decir.
-No, le doy mi palabra de honor.
-Dar la palabra de honor es una buena promesa.
-La mejor.
-Bueno.
Ahora le tocó a él arrancar la mano y masajeársela para recuperar la circulación-.
-Allá voy. Y se puso en marcha. A menos de cinco metros encontró en el sendero una última pelota y la recogió. Con un movimiento de cabeza me la arrojó. La atrapé con facilidad y me qedé con ella en la mano como si fuera un regalo.
-En el diecinueve -dijo sin levantar la voz.
-Desde luego -le respondí.
Y entonces desapareció en la oscuridad. Me corrían lágrimas por las mejillas y sentí contra el pecho la pelota qe había metido en el bolsillo de la camisa.
¿seguiría allí por la mañana?, pensé.

[Estamos tan inmersos en nuestras vidas: de facultad, de boliches, de amigos, de amores, qe no llegamos a darle el tiempo y la atención qe se merecen. Cuando faltan se necesitan -trillado lo sé- nos acostumbramos tanto a ellos y a creer qe nosotros somos las excepción de todo tipo de maladades o malas jugadas del destino qe pensamos qe a nosotros "nunca nos va a pasar", algunos no lo dicen pero aunqe sea una vez lo pensaron.
No seamos egoistas. Son rompepelotas, pesados, REPETITIVOS, injustos, todo lo qe qeramos!, pero en definitiva son nuestra sangre, ella qe nos dió la vida y él qe a su manera intentó (casi en vano) igualar la posición de madre para nuestro ojos, pero sin duda el qe mas nos metió miedo seguro, ja!...Pensemos, nada más reflexionemos, son nuestros, cuidemoslos.
Para vos qe te fuiste y qe todavía los tenés juntitos -un logro- disfrutalos, qerelos, amalos. Te qiero a vos, no pasa todo por la facultad -verdad- ese viaje te va a rejuvenecer y te qiero!]

1 comentarios:

Fabian dijo...

Que lindo grosa! Cierto ese escrito.
Gracias por estar del otro lado del puente cuando quiero cruzar y arriba de la escalera cuando quiero volar.
Gracias por las largas charlas de madrugada (aunque no sean en el más lúcidos de los estados) en las que estoy decenas de minutos con la oreja pegada al milcien.
Gracias por estar en el mejor inicio de año.

Nos vemos María! Te quiero!